Si por algún motivo, a pesar de haber tenido en cuenta todas las precauciones que contábamos en el post anterior una persona mayor, un enfermo crónico o un niño sufren un golpe de calor, deberemos saber qué hacer y actuar lo antes posible.

En primer lugar, ¿sabemos qué es exactamente un golpe de calor, cuáles son sus síntomas y cómo hay que reaccionar?

Vamos a dar respuesta a estas tres cuestiones:

Un golpe de calor es el sobrecalentamiento del cuerpo por culpa de las altas temperaturas. También puede producirse por exceso de ejercicio físico ya que cuando la temperatura sube, el cuerpo suda para mantenerse fresco y esto puede conllevar una deshidratación que provoca el mal funcionamiento de algunos órganos. En casos de temperaturas muy elevadas, el organismo ralentiza esa expulsión de sudor y por tanto no se refresca con suficiente rapidez, así la mezcla de temperatura elevada y alto grado de deshidratación provoca los síntomas que veremos a continuación.

Dolor de cabeza, mareos, sensación de debilidad o desfallecimiento, pérdida de conciencia, palpitaciones, enrojecimiento de la piel, sequedad, falta de sudor o hiperventilación son los principales síntomas que nos avisarán de que una persona está sufriendo un golpe de calor.

Para combatirlos y evitar que se agraven es necesario reaccionar con rapidez. Así, ante un golpe de calor deberemos avisar a los servicios médicos. Mientras acuden en nuestra ayuda se procederá a colocar a la persona afectada en un lugar fresco y ventilado, preferiblemente acostada y con los pies elevados. Aflojaremos su ropa y, siempre que esté consciente y no vomite, le proporcionaremos pequeños sorbos de agua. Además conviene colocarle paños mojados en agua fría alrededor del cuerpo para ayudar a bajar la temperatura corporal y evitar las bebidas azucaradas.

Por eso, es de especial importancia prevenirlo en personas mayores, con alguna enfermedad crónica o niños pequeños. Más concretamente, los principales grupos de riesgo son los bebés lactantes y los niños; las personas con enfermedades crónicas como afecciones cardiovasculares, respiratorias, diabetes, problemas renales o neurológicos, personas con obesidad o sobrepeso, enfermos convalecientes; personas mayores o en situación de dependencia; deportistas de alto nivel o trabajadores que realizan su labor al aire libre.

 

 

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